Me he levantado empapado en sudor aunque un momento... aquí dentro estoy más apretado de lo habitual. Tengo miedo de no mirar otra cosa que no sea el techo y en efecto, alguien me acaba de abrazar; es el cuerpo de una mujer. Esta bien, de acuerdo, repasemos por qué tú y yo hemos llegado a esta situación cuando hace tiempo me dijiste que no, que preferías sentar la cabeza, aclarar tus ideas, buscar a alguien con un futuro mejor.
Regresaba de Madrid, de visitar a un amigo, de arreglar el mundo desde la terraza de cualquier bar. Mi móvil sonó, un mensaje, y toda una noche por delante entre risas, algún que otro cubata, y sobre todo, persiguiendo faldas, labios y falsas esperanzas. No pinta mal, nunca lo ha pintado, salvo que esta vez tuve que dar un maldito paso en falso. Empezamos bien, todo tranquilo, algunas risas con un grupo de chicas y nos movemos a otro local. Tuve el presentimiento de que algo iba a pasar, tal vez cuando nos cruzamos por la calle, te saludé, un 'hola, qué tal', nada más, 'cómo va todo', pero en tus ojos notaba un brillo especial. El mismo brillo que tenías cuando tú mundo estaba a punto de estallar.
No me dio tiempo a reaccionar, y otros brazos te obligaron a caminar, una última mirada y la siguiente ronda corre de mi cuenta aunque, un segundo, ¿no pagué yo la anterior? Bueno, qué más da, si por una vez, la próxima la pagas tú y ya está. ‘No creo que este bien lo que has hecho’, y yo le pregunto por qué, ‘ya sabes, creo que esta saliendo con otro aunque no te lo puedo asegurar, deberías de olvidarla, no te conviene, déjala tal y como está’, y caigo en la cuenta de que esta conversación la mantengo con el hielo que se encuentra en el fondo de una copa. Tal vez tengas razón, pero no creo que el resto del bourbon tenga la misma paciencia que tú o que yo. La noche se va deshaciendo como otros tantos hielos de no sé ya muy bien cuántas copas, pero al menos continuo sereno, o eso creo.
Y en este preciso momento, entre aquellas luces, justo en esa barra de bar, nos volvemos a encontrar. Esta vez no quiero nada más, ni una sola copa, por lo que pueda pasar. Te veo discutir, o eso me parece a mí, pero será mejor que me quede donde estoy, ya me lo dijo aquel hielo: ‘mejor no intervenir, lo vuestro acabó y no precisamente con lo mejor para los dos’. Un amigo me aleja de allí y me presenta a unas faldas, de sonrisa tímida, y comenzamos a hablar. ¿Cuánto tiempo paso? No tengo ni idea, pero justo cuando nuestros labios se iban a encontrar, alguien me agarró del brazo disculpándose con un: tenemos que hablar. Salimos del lugar, hacia ninguna parte, únicamente por caminar, comenzaste a hablar sobre tu vida, sobre lo que iba a pasar, yo estaba bastante confuso, no por lo que había pasado, sino por lo pudiera pasar.
La noche era perfecta y en algún momento perdí el hilo de la conversación, no tenía ni idea de a dónde querías llegar pero no parabas de hablar. Espera, espera, vuelve a empezar que nada de lo que me estas contando me resulta familiar. Si alguna vez las miradas pudieran matar, ahora mismo estaría muerto, pero en vez de eso - os juro que aún estoy intentando comprenderlo. - me acerqué a ti y sin más miramientos te comí a besos mientras mis manos se afanaban por recorrer cada centímetro de tu cuerpo.
Y creo que os podéis hacer una idea de cómo acaba este cuento...
sábado, 28 de junio de 2008
miércoles, 25 de junio de 2008
La Tinta, el Tintero y... el Jarrón
Existen tantos lugares a donde nunca he ido, tantos lugares que nunca veré, que nunca recorreré. ¿Alguna vez os perdisteis en un laberinto de cristal? Puedes ver todas las salidas, cada uno de los giros pero no puedes hacer nada sigues andando por interminables pasillos transparentes, tu sentido de la orientación no sirve de mucho cuando te das de morros contra un muro, el cual obviamente, no habías visto.
Y mi historia comienza así, tras un muro de cristal y detrás de ese muro acristalado, unos ojos marrones, deliciosamente marrones, una sonrisa de mujer y un acento que me hechiza. Y al otro lado, yo, únicamente yo y detrás de mí, mis sueños: algunos están bailando, otros sudando en el gimnasio, y algunos se quedan mirando a través del cristal. Al volver, se abren paso hasta llegar a mi altura y me susurran cómo iba vestida, como brillaba su sonrisa, lo bien que le queda el pelo recogido y por qué su mirada me atraviesa cuando paso cerca de ella.
Me tomaré un café con sacarina por favor, la leche templada, que quiero darle vueltas a la vida, a ver que tal me sabe mientras mis ojos continúan saltando desde su nuca hasta sus caderas. No lo tengo muy claro pero adoro esta situación, adoro cruzar su mirada e iniciar una conversación sin palabra alguna, expectante, intentando descifrar qué es lo que está maquinando en ese preciso momento. ¿Lo habéis intentado alguna vez? El tiempo se detiene, ¿verdad? Todo se congela durante escasos segundos, no importa nada, ni la maldita crisis, ni que yo esté en paro y no sepa que hacer con mi vida.
Una persona esta jugando a las máquinas tragaperras con mi cerebro: cereza, cereza, campana... giro de palanca... campana, corazón, cereza... giro de palanca, y por fin, el premio. Me mira... me sonríe, la miro y la sonrío. Pero todavía existen pasillos de cristal que debo sortear... pasillos en los que creo estar cerca pero me alejo paso a paso... otros, en cambio, creo que estar lejos pero me voy acercando poco a poco. Este juego me gusta, hace mucho tiempo que no me gustaba tanto como ahora jugar. La sigo, me sigue, me escondo, se esconde...
Y así me paso las horas muertas, jugando al escondite en un laberinto de cristal, corriendo detrás de aquellos ojos marrones que no me dejan de mirar, de aquel pelo recogido que no me cansaría de acariciar...
Y mi historia comienza así, tras un muro de cristal y detrás de ese muro acristalado, unos ojos marrones, deliciosamente marrones, una sonrisa de mujer y un acento que me hechiza. Y al otro lado, yo, únicamente yo y detrás de mí, mis sueños: algunos están bailando, otros sudando en el gimnasio, y algunos se quedan mirando a través del cristal. Al volver, se abren paso hasta llegar a mi altura y me susurran cómo iba vestida, como brillaba su sonrisa, lo bien que le queda el pelo recogido y por qué su mirada me atraviesa cuando paso cerca de ella.
Me tomaré un café con sacarina por favor, la leche templada, que quiero darle vueltas a la vida, a ver que tal me sabe mientras mis ojos continúan saltando desde su nuca hasta sus caderas. No lo tengo muy claro pero adoro esta situación, adoro cruzar su mirada e iniciar una conversación sin palabra alguna, expectante, intentando descifrar qué es lo que está maquinando en ese preciso momento. ¿Lo habéis intentado alguna vez? El tiempo se detiene, ¿verdad? Todo se congela durante escasos segundos, no importa nada, ni la maldita crisis, ni que yo esté en paro y no sepa que hacer con mi vida.
Una persona esta jugando a las máquinas tragaperras con mi cerebro: cereza, cereza, campana... giro de palanca... campana, corazón, cereza... giro de palanca, y por fin, el premio. Me mira... me sonríe, la miro y la sonrío. Pero todavía existen pasillos de cristal que debo sortear... pasillos en los que creo estar cerca pero me alejo paso a paso... otros, en cambio, creo que estar lejos pero me voy acercando poco a poco. Este juego me gusta, hace mucho tiempo que no me gustaba tanto como ahora jugar. La sigo, me sigue, me escondo, se esconde...
Y así me paso las horas muertas, jugando al escondite en un laberinto de cristal, corriendo detrás de aquellos ojos marrones que no me dejan de mirar, de aquel pelo recogido que no me cansaría de acariciar...
viernes, 20 de junio de 2008
La Tinta, el Tintero y... la Flor
Hoy, precisamente hoy, puedes hacer conmigo lo que más desees, no me negaré. Esta vez quiero, necesito, perderme entre tu piel, entre tu pelo, entre tus curvas de mujer. He caminado mucho entre ciudades que ocultan su vida, edificios siniestros, entre personas vivas y muertas, entre aquellas que su rumbo fijo se lo marcan las estrellas. Hablé con almas perdidas, como la mía, intentando encontrar el camino de vuelta. Algunas me llevaron lejos, entre sábanas perversas o llantos interminables; mientras que otras se quedaron jugando mientras nos espiaba la luna.
Descubrí los sinsabores de una vida normal y las locuras que comete la gente cuando ha rebasado el límite de la realidad. Sé que es un imposible, que nunca se cumplirá; pero continuo en mis trece por si alguna vez te apetece estar junto a mí y ver lo que nos depara el destino. Vamos, anímate, únicamente te ofrezco un par de manos vacías, las de un soñador inconformista, las de alguien que jamás encontrará su lugar. Sólo existe una condición: nunca más volverás a mirar hacia atrás; el camino será aburrido, otras veces divertido, y tristes las que menos; pero al menos estarás allí conmigo, contigo; mientras noto como sueñas cuando estamos dormidos.
Voy a buscarte a la salida del trabajo, ahora que tengo tiempo, tengo ganas de darte un susto y notar como me fundes con tu mirar, aún queda mucha tarde por delante, quiero mostrarte lugares que ya conoces, pero esta vez atrévete a míralos de una forma diferente, relájate y disfruta del viaje, ¿lo has notado? Todo ha cambiado, ya nada parece lo mismo y lo que antes eran bloques de cemento gris ahora son un patio de recreo para ti y para mí. Quien llegue el último paga la siguiente copa, pero no vale correr, sólo pararse en cada escaparate y contarnos algo que nos haga sonreír.
Beso, verdad o atrevimiento, ¿te acuerdas? Está bien, está bien, empiezo yo: ¿verdad que aquel tío te ha hecho llorar? Aquel que jugó contigo, aquel que descubrió tu jugada de tía dura, de tía segura; y cuando se cansó de tu piel se despidió sin más, sin un adiós o un te volveré a llamar. Pero no te preocupes que para eso estamos, al menos él jamás sabrá lo divertidos que son tus pases de modelos, solos en tu casa mientras el morbo y las risas nos enseñan que nunca fue tan divertido pecar. Continúo, ¿te atreverías a pasar una sola noche conmigo? Hasta que los pies se nieguen a caminar, hasta que el sol nos diga que ya es hora de dormir, hasta que tu vecina nos mate con la mirada mientras hacemos manitas en el portal.
Y por último... ¿puedo besarte ahora? Sin pensar, sin desear nada más.
Descubrí los sinsabores de una vida normal y las locuras que comete la gente cuando ha rebasado el límite de la realidad. Sé que es un imposible, que nunca se cumplirá; pero continuo en mis trece por si alguna vez te apetece estar junto a mí y ver lo que nos depara el destino. Vamos, anímate, únicamente te ofrezco un par de manos vacías, las de un soñador inconformista, las de alguien que jamás encontrará su lugar. Sólo existe una condición: nunca más volverás a mirar hacia atrás; el camino será aburrido, otras veces divertido, y tristes las que menos; pero al menos estarás allí conmigo, contigo; mientras noto como sueñas cuando estamos dormidos.
Voy a buscarte a la salida del trabajo, ahora que tengo tiempo, tengo ganas de darte un susto y notar como me fundes con tu mirar, aún queda mucha tarde por delante, quiero mostrarte lugares que ya conoces, pero esta vez atrévete a míralos de una forma diferente, relájate y disfruta del viaje, ¿lo has notado? Todo ha cambiado, ya nada parece lo mismo y lo que antes eran bloques de cemento gris ahora son un patio de recreo para ti y para mí. Quien llegue el último paga la siguiente copa, pero no vale correr, sólo pararse en cada escaparate y contarnos algo que nos haga sonreír.
Beso, verdad o atrevimiento, ¿te acuerdas? Está bien, está bien, empiezo yo: ¿verdad que aquel tío te ha hecho llorar? Aquel que jugó contigo, aquel que descubrió tu jugada de tía dura, de tía segura; y cuando se cansó de tu piel se despidió sin más, sin un adiós o un te volveré a llamar. Pero no te preocupes que para eso estamos, al menos él jamás sabrá lo divertidos que son tus pases de modelos, solos en tu casa mientras el morbo y las risas nos enseñan que nunca fue tan divertido pecar. Continúo, ¿te atreverías a pasar una sola noche conmigo? Hasta que los pies se nieguen a caminar, hasta que el sol nos diga que ya es hora de dormir, hasta que tu vecina nos mate con la mirada mientras hacemos manitas en el portal.
Y por último... ¿puedo besarte ahora? Sin pensar, sin desear nada más.
miércoles, 18 de junio de 2008
La Tinta, el Tintero y... la Contraportada
Hoy he pasado miedo, más que ninguna otra vez en mi vida. No me ha quedado muy claro el por qué, tal vez ha sido un sentimiento de vacío absoluto, ¿alguna vez has permanecido de pie al borde de un precipicio? El viento parece querer empujarte, ¿verdad? Y cuando sopla furioso instintivamente das un paso hacia atrás, intentando evitar el fatídico destino: una caída corta y una parada en seco.
Pero las puertas del infierno se han abierto para mí, de forma dinámica, emprendedora y con ganas de crecer en nuestra empresa. ¿Hueles el miedo? Soy yo destilándolo puro al ciento por ciento, jugando con las palabras, mintiendo para parecer alguien que no soy, que no quiero ser. Y para colmo, vestido de traje, uno que me queda especialmente mal. Creo que si fuera metido dentro de un saco de patatas daría una imagen más corporativa de la que he llevado hoy.
¿Por qué la gente se empeña tanto en mentir? Algo tendrá de emocionante ver como caemos en sus trampas, en sus diseños, en sus campañas de marketing tan perfectamente elaboradas. No puedo evitar que la bilis me suba por la garganta cuando veo a todas esas personas, obligadas o no, en sus puestos de trabajo aferrándose a unos pobres ideales, a unos esquemas que les impiden cualquier tipo de pensamiento. De sobra sé que no todo el mundo piensa como yo y que muchos, por no decir una gran mayoría, son felices y se sienten completamente realizados dentro su trabajo; puesto que fuera de él no hay nada que les llame la atención. Pero aún así, siempre me he tenido la impresión de estar paseando por un zoo y puedo observar a través de grandes ventanales una vida que me es completamente extraña. Y por favor, no les dé de comer que luego los pobres se mal acostumbran. Algunos te sonríen, otros te miran con indiferencia y los menos con odio, como si el macho territorial quisiera marcar su terreno de caza. Saco mi cámara, capturo el momento y me voy a otra empresa. Esta foto me recordará lo que nunca voy a poder digerir bien.
La función ha terminado, apretones de manos, aplausos variados para el payaso – yo - de la pista central, un par de palmaditas en la espalda y cerramos la función con un: Mañana mismo te llamamos para firmar un precontrato, quiero a gente como tú dentro de nuestra gran empresa. La sonrisa que tengo debe de ser la más falsa del mundo, pero no creo que se esté dando cuenta. Ya da lo mismo, tomé la decisión mucho antes de representar mi papel en esta tragicomedia. Ahora les tocará luchar en mi terreno y según mis condiciones.
Aunque, ¿sabes lo que me gustaría realmente? Salir corriendo, todo lo rápido que pueda, llegar a tu portal, saludar a la anciana del tercero - que no sé por qué pero siempre tiene una sonrisa de oreja a oreja, como si todos los chicos jóvenes que pasan a su lado fueran sus nietos. -, llamar a tu puerta y en cuanto me abras: ponerme de rodillas, agarrarte de la cintura y echarme a llorar. Y cuando tus dedos se paseen por mi pelo, subir por tu cuerpo y dejarme llevar... una noche más.
Pero las puertas del infierno se han abierto para mí, de forma dinámica, emprendedora y con ganas de crecer en nuestra empresa. ¿Hueles el miedo? Soy yo destilándolo puro al ciento por ciento, jugando con las palabras, mintiendo para parecer alguien que no soy, que no quiero ser. Y para colmo, vestido de traje, uno que me queda especialmente mal. Creo que si fuera metido dentro de un saco de patatas daría una imagen más corporativa de la que he llevado hoy.
¿Por qué la gente se empeña tanto en mentir? Algo tendrá de emocionante ver como caemos en sus trampas, en sus diseños, en sus campañas de marketing tan perfectamente elaboradas. No puedo evitar que la bilis me suba por la garganta cuando veo a todas esas personas, obligadas o no, en sus puestos de trabajo aferrándose a unos pobres ideales, a unos esquemas que les impiden cualquier tipo de pensamiento. De sobra sé que no todo el mundo piensa como yo y que muchos, por no decir una gran mayoría, son felices y se sienten completamente realizados dentro su trabajo; puesto que fuera de él no hay nada que les llame la atención. Pero aún así, siempre me he tenido la impresión de estar paseando por un zoo y puedo observar a través de grandes ventanales una vida que me es completamente extraña. Y por favor, no les dé de comer que luego los pobres se mal acostumbran. Algunos te sonríen, otros te miran con indiferencia y los menos con odio, como si el macho territorial quisiera marcar su terreno de caza. Saco mi cámara, capturo el momento y me voy a otra empresa. Esta foto me recordará lo que nunca voy a poder digerir bien.
La función ha terminado, apretones de manos, aplausos variados para el payaso – yo - de la pista central, un par de palmaditas en la espalda y cerramos la función con un: Mañana mismo te llamamos para firmar un precontrato, quiero a gente como tú dentro de nuestra gran empresa. La sonrisa que tengo debe de ser la más falsa del mundo, pero no creo que se esté dando cuenta. Ya da lo mismo, tomé la decisión mucho antes de representar mi papel en esta tragicomedia. Ahora les tocará luchar en mi terreno y según mis condiciones.
Aunque, ¿sabes lo que me gustaría realmente? Salir corriendo, todo lo rápido que pueda, llegar a tu portal, saludar a la anciana del tercero - que no sé por qué pero siempre tiene una sonrisa de oreja a oreja, como si todos los chicos jóvenes que pasan a su lado fueran sus nietos. -, llamar a tu puerta y en cuanto me abras: ponerme de rodillas, agarrarte de la cintura y echarme a llorar. Y cuando tus dedos se paseen por mi pelo, subir por tu cuerpo y dejarme llevar... una noche más.
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