Un mes y no hay excusa posible. Al parecer, ahora cuando me levanto por las mañanas después de asearme y marchar hacia el trabajo me toca colocarme el casco de infantería.
La oficina se ha convertido en una guerra abierta y sin cuartel en donde todo vale. Desde atrincherarse cada uno en sus posiciones y tratar de dinamitar el trabajo ajeno como atacar directamente con el único propósito de hacer daño, sin valorar ni respetar al contario. Cuando nada de esto surte efecto, siempre se puede recurrir al subterfugio, a donde dije digo, digo Diego y yo no tengo la culpa, la tienes tú por no haber adivinado mis intenciones.
Como buen soldado de infantería mi sitio no está delante de porcentajes ni de gráficos coloridos ni hojas de cálculo en donde no aparecen nombres si no números (esto de los números es tan triste como cierto). Mi sitio está en primera línea de fuego, allí donde las hostias llueven como panes y da absolutamente igual lo que hagas porque el único culpable eres tú, desde la mala gestión pasando por tus propios errores (que ya sabemos que errar es humano pero echarle la culpa a otro es más humano todavía) y terminando, si te descuidas, de la crisis mundial.
Al principio de todo esto, observé con incredulidad como se formaban los ejércitos de unos y de otros (de Internos y de Empresa X). No podía creer como ninguno de los dos daba su brazo a torcer, aunque sea por mejorar y aprender unos de otros y como el ambiente se iba tensando. Los primeros porque pensaban que su preciado trabajo estaba en peligro y los otros por haber vendido humo e intentar sacar la máxima tajada posible antes de que se dieran cuenta.
Asistí horrorizado al deterioro constante de las relaciones no sólo profesionales si no también personales. Gente que años atrás se llevaban bien empezaron a lanzarse puñaladas traperas sin ningún sentido o como se dejaban de hablar, así sin más.
Al final llega un momento en el que te hartas de todo, más si tienes en cuenta que no eres más que carne de cañón. Tu fecha de salida del proyecto está prefijada y cuando todo termine te moverán otro. Eso con suerte, si no la tienes acabarás en el proyecto más grande de este país: el INEM.
Mis niveles de paciencia se han visto superados con creces, ahora mismo llego a mi puesto, realizo mi trabajo y santas pascuas. Sin bajar el ritmo y tratando de despotricar lo menos posible porque no vale la pena. Eso sí, es hora de cubrirse las espaldas. Buscar un cambio, una salida a todo esto, ya sea en una nueva empresa o emprendiendo algo completamente diferente. Lo que sea para no estar quieto, para aprender algo nuevo.
Como veis, la situación no es nada agradable. Mucha gente se ha hecho a la idea de que así tienen que funcionar las cosas. Parece que hemos adaptado nuestras vidas a lo que nos han vendido: todo es por culpa de ese gran ente llamado Crisis. ¿Que la gente manda y obedece a golpe de látigo? No te preocupes, es por la crisis. ¿Que nadie quiere pararse a pensar en cómo se hacen las cosas? Tranquilo, si sale mal es tu culpa (y también por la crisis). Y así me podría tirar todo el tiempo que quiera.
No sé vosotros pero para mi no es más que una gran excusa, una grandilocuente falacia, para lograr unos objetivos muy concretos: que nos acostumbremos a vivir con el yugo más apretado de la cuenta mientras unos pocos continúan a todo trapo. Únicamente tienes que sacar la cabeza del agujero y ver lo que está sucediendo a tu alrededor. El ejemplo más claro lo vivo a diario, mientras nos amenazan con la cantinela de siempre gastan a manos llenas en chorradas que no tienen ningún sentido y que, por supuesto, no aportan nada... Esta bien seamos realistas, no aportan nada a la gran mayoría de los que trabajamos allí pero para unos pocos, para esos que ya de por sí no han movido un dedo por mejorar la situación (cobrando un pastizal) les proporciona la seguridad de mantener su calidad (y tren) de vida.
Antes de irme a la cama me parece que limpiaré un poco el casco. Mañana será otro día completo... Otro día Comansi.
martes, 22 de octubre de 2013
domingo, 29 de septiembre de 2013
La Tinta, el Tintero y... El Tren
06.00 AM. Un sonido amortiguado se abre paso por mi cabeza hasta convertirse en un martilleo constante. Aún dormido extiendo el brazo buscando a tientas el despertador. El sonido se apaga durante cinco minutos. Para mi no han pasado ni un segundo cuando vuelve a la carga. Esta vez abro los ojos y me incorporo. 06.05 AM. No se me ha dado mal, otras veces ni si quiera me llego a enterar hasta que el maldito trasto parece gritarme al oído.
Sin encender la luz, me muevo en penumbra hasta el servicio para asearme y quitarme las legañas. Al llegar a la cocina me preparo un café y algo para desayunar. Todo se mueve más despacio de lo habitual. Me visto, me lavo los dientes y meto los tupper con la comida de hoy en la mochila. Reviso que no me falte nada. La música, la cartera, el móvil y los demás trastos están en su sitio. Una vez preparado, cojo un libro para el camino. Desde que viajo en transporte público leo a manos llenas y nunca mejor dicho.
El camino hasta la boca de metro es corto. Las farolas emiten una luz anaranjada, mortecina y en el cielo se recorta una luna que araña las últimas horas de la noche. Me cruzo con algunas personas, muy pocas. Cuando entro en el metro, el sonido del aire acondicionado y de las escaleras mecánicas lo inunda todo. En la distancia, escucho un sonido eléctrico y metálico que se acerca. ¡Mi tren! Salgo a la carrera y mientras bajo el último tramo de escaleras abre sus puertas. A estas horas y ya hay más gente que comparte mi horario. No me siento, es sólo una parada. Dejo la mochila en el suelo y comienzo a leer. Un par de páginas y he llegado a mi estación.
Otro par de escaleras y tornos. Llego al andén, miro el indicador. Aún faltan cinco minutos para el próximo tren. Sigo leyendo. La enorme máquina hace su aparición. Cuando está completamente detenido, me acerco a la puerta y pulso el botón de abrir. Antes me he fijado en los asientos que hay libres. Si tengo suerte, podré ir sentado el resto del trayecto. Media docena de personas suben conmigo, buscando exactamente lo mismo que yo. Me siento, dejo la mochila entre mis pies y leo.
El resto del viaje es un baile de gente que sube y baja en cada estación. Algunas veces me fijo en las caras que tengo a mi alrededor. Algunas duermen, otras leen periódicos o alguna serie en su tablet. Una chica termina de maquillarse lo mejor que puede y un par de amigos reviven los mejores momentos del fin de semana. Aunque la mayor parte del tiempo, el único sonido que se escucha es el de los motores eléctricos del tren y la alarma acústica de cierre de puertas.
Mi estación. Atocha. Si pensaba que el tren iba lleno, cuando salgo me doy cuenta de lo equivocado que estaba. La estación está a rebosar de gente. Las escaleras mecánicas pronto se saturan y se forman grandes colas para subir al puente que conecta todos los andenes. Una vez arriba, miro de nuevo el indicador. Mi siguiente tren no sale hasta dentro de ocho minutos. Con calma, me acerco y espero paciente. El capítulo de hoy es muy interesante y es de las pocas veces que no me importaría que el tren se retrasase un poco más. Ahí llega y con él, la gente se arremolina junto a las puertas. Esta vez será más difícil sentarse. Después de tantos años, algunas caras me resultan familiares. Hemos coincidido muchas veces a la misma hora, en el mismo sitio para subirnos al mismo tren. Sin embargo, no nos decimos nada. Sólo somos unos desconocidos que van de camino a su trabajo, con sus historias a cuestas, con sus libros y sueños. Algunas veces nuestras miradas se cruzan. ¿Estará pensando lo mismo que yo? ¿Las veces que nos hemos encontrado durante todo este tiempo?
El último trayecto se parece mucho al anterior. Más paradas, más páginas y más gente que se sube y baja. Al final, cuando la voz dulce y digital anuncia mi parada, cierro el libro. Hasta dentro de ocho horas y media la historia se quedará donde la dejé.
Inicié mi viaje con el amanecer despuntando por el horizonte. Ahora cuando pongo un pie en tierra, el sol comienza su particular andadura. Como siempre, como mi viaje hasta el trabajo, como todos los días.
Sin encender la luz, me muevo en penumbra hasta el servicio para asearme y quitarme las legañas. Al llegar a la cocina me preparo un café y algo para desayunar. Todo se mueve más despacio de lo habitual. Me visto, me lavo los dientes y meto los tupper con la comida de hoy en la mochila. Reviso que no me falte nada. La música, la cartera, el móvil y los demás trastos están en su sitio. Una vez preparado, cojo un libro para el camino. Desde que viajo en transporte público leo a manos llenas y nunca mejor dicho.
El camino hasta la boca de metro es corto. Las farolas emiten una luz anaranjada, mortecina y en el cielo se recorta una luna que araña las últimas horas de la noche. Me cruzo con algunas personas, muy pocas. Cuando entro en el metro, el sonido del aire acondicionado y de las escaleras mecánicas lo inunda todo. En la distancia, escucho un sonido eléctrico y metálico que se acerca. ¡Mi tren! Salgo a la carrera y mientras bajo el último tramo de escaleras abre sus puertas. A estas horas y ya hay más gente que comparte mi horario. No me siento, es sólo una parada. Dejo la mochila en el suelo y comienzo a leer. Un par de páginas y he llegado a mi estación.
Otro par de escaleras y tornos. Llego al andén, miro el indicador. Aún faltan cinco minutos para el próximo tren. Sigo leyendo. La enorme máquina hace su aparición. Cuando está completamente detenido, me acerco a la puerta y pulso el botón de abrir. Antes me he fijado en los asientos que hay libres. Si tengo suerte, podré ir sentado el resto del trayecto. Media docena de personas suben conmigo, buscando exactamente lo mismo que yo. Me siento, dejo la mochila entre mis pies y leo.
El resto del viaje es un baile de gente que sube y baja en cada estación. Algunas veces me fijo en las caras que tengo a mi alrededor. Algunas duermen, otras leen periódicos o alguna serie en su tablet. Una chica termina de maquillarse lo mejor que puede y un par de amigos reviven los mejores momentos del fin de semana. Aunque la mayor parte del tiempo, el único sonido que se escucha es el de los motores eléctricos del tren y la alarma acústica de cierre de puertas.
Mi estación. Atocha. Si pensaba que el tren iba lleno, cuando salgo me doy cuenta de lo equivocado que estaba. La estación está a rebosar de gente. Las escaleras mecánicas pronto se saturan y se forman grandes colas para subir al puente que conecta todos los andenes. Una vez arriba, miro de nuevo el indicador. Mi siguiente tren no sale hasta dentro de ocho minutos. Con calma, me acerco y espero paciente. El capítulo de hoy es muy interesante y es de las pocas veces que no me importaría que el tren se retrasase un poco más. Ahí llega y con él, la gente se arremolina junto a las puertas. Esta vez será más difícil sentarse. Después de tantos años, algunas caras me resultan familiares. Hemos coincidido muchas veces a la misma hora, en el mismo sitio para subirnos al mismo tren. Sin embargo, no nos decimos nada. Sólo somos unos desconocidos que van de camino a su trabajo, con sus historias a cuestas, con sus libros y sueños. Algunas veces nuestras miradas se cruzan. ¿Estará pensando lo mismo que yo? ¿Las veces que nos hemos encontrado durante todo este tiempo?
El último trayecto se parece mucho al anterior. Más paradas, más páginas y más gente que se sube y baja. Al final, cuando la voz dulce y digital anuncia mi parada, cierro el libro. Hasta dentro de ocho horas y media la historia se quedará donde la dejé.
Inicié mi viaje con el amanecer despuntando por el horizonte. Ahora cuando pongo un pie en tierra, el sol comienza su particular andadura. Como siempre, como mi viaje hasta el trabajo, como todos los días.
domingo, 22 de septiembre de 2013
La Tinta, el Tintero y... La Bocanada
Me asomo un instante y ante mí se descubre una pendiente por la que se dejan caer mis pensamientos (que no son pocos). Algunos días tengo miedo y me alejo temblando, otros, en cambio, me quedo mirando el fondo esperando que algo o alguien rompa la lejana oscuridad.
Durante estos días me he hecho muchas preguntas sobre cómo es posible que en mi trabajo estemos llegando a los extremos del absurdo. Porque cada día se parece más al chiste de la regata, un único remero y once gerentes/supervisores/auditores. Todos quejándose por los pobres resultados obtenidos en la carrera y el mal desempeño del único trabajador. Eso sí, cuando se trata de justificarse, ellos son los primeros en poner sobre la mesa un extenso documento en donde detallan con puntos y comas la excelencia de su trabajo. Estoy un poco harto, la verdad, aquí todo el mundo quiere que su compañía se equipare a las grandes pero trabajando como Pepe Gotera y Otilio. Ser un profesional se queda en el papel y el resto se convierte en una carrera para ver quién amenaza más, quién presiona más y quién se pone la medalla al “Gestor que no tiene ni idea de lo que está gestionando”.
El cuento de que todo el mundo está fatal y de arrimar el hombro para salir adelante se está agotando. En especial porque está fatal para unos pocos y eso de arrimar el hombro, mejor que lo arrimen otros que yo ya tengo bastante con lo mío.
Llevo once años trabajando en el mundo de la informática y he llegado a la conclusión de que se ha convertido en el estercolero del mundo laboral. Grupos de gente que realmente quiere hacer las cosas bien se mezcla con otros a los que no les importa absolutamente nada (y en ciertos casos aborrece la informática) pero que llegaron de rebote porque era el único lugar en donde podían encontrar trabajo. Si a esto le unimos la nueva/vieja moda de ascender o colocar a jefes que no tienen ni idea de lo que se cuece, el cóctel resultante apesta. Horas realizando chapuzas sin sentido porque muy pocos aprecian el valor de sentarse a pensar y organizar el trabajo, es mucho más productivo presionar y amenazarte con el despido “Porque ya sabes que detrás de ti hay gente haciendo cola para tu puesto de trabajo”.
Muchos me recomiendan paciencia, respirar hondo y tratar de ser más positivo y no les falta razón. Últimamente me cuesta ver la luz al final de un túnel que se ha alargado demasiado ya y puede que no esté haciendo otra cosa que dejarme llevar por la desesperación.
Ahm, por cierto. Estoy pensando en girar un poco el timón del blog y puede que las próximas entradas sean meras descripciones de lo que veo a diario. Por tratar de machacarme un poco en un tema que tengo algo oxidado: la imagen, la escena, la tengo en mi cabeza pero cuando me pongo con ella me cuesta horrores organizarla y escribirla.
Durante estos días me he hecho muchas preguntas sobre cómo es posible que en mi trabajo estemos llegando a los extremos del absurdo. Porque cada día se parece más al chiste de la regata, un único remero y once gerentes/supervisores/auditores. Todos quejándose por los pobres resultados obtenidos en la carrera y el mal desempeño del único trabajador. Eso sí, cuando se trata de justificarse, ellos son los primeros en poner sobre la mesa un extenso documento en donde detallan con puntos y comas la excelencia de su trabajo. Estoy un poco harto, la verdad, aquí todo el mundo quiere que su compañía se equipare a las grandes pero trabajando como Pepe Gotera y Otilio. Ser un profesional se queda en el papel y el resto se convierte en una carrera para ver quién amenaza más, quién presiona más y quién se pone la medalla al “Gestor que no tiene ni idea de lo que está gestionando”.
El cuento de que todo el mundo está fatal y de arrimar el hombro para salir adelante se está agotando. En especial porque está fatal para unos pocos y eso de arrimar el hombro, mejor que lo arrimen otros que yo ya tengo bastante con lo mío.
Llevo once años trabajando en el mundo de la informática y he llegado a la conclusión de que se ha convertido en el estercolero del mundo laboral. Grupos de gente que realmente quiere hacer las cosas bien se mezcla con otros a los que no les importa absolutamente nada (y en ciertos casos aborrece la informática) pero que llegaron de rebote porque era el único lugar en donde podían encontrar trabajo. Si a esto le unimos la nueva/vieja moda de ascender o colocar a jefes que no tienen ni idea de lo que se cuece, el cóctel resultante apesta. Horas realizando chapuzas sin sentido porque muy pocos aprecian el valor de sentarse a pensar y organizar el trabajo, es mucho más productivo presionar y amenazarte con el despido “Porque ya sabes que detrás de ti hay gente haciendo cola para tu puesto de trabajo”.
Muchos me recomiendan paciencia, respirar hondo y tratar de ser más positivo y no les falta razón. Últimamente me cuesta ver la luz al final de un túnel que se ha alargado demasiado ya y puede que no esté haciendo otra cosa que dejarme llevar por la desesperación.
Ahm, por cierto. Estoy pensando en girar un poco el timón del blog y puede que las próximas entradas sean meras descripciones de lo que veo a diario. Por tratar de machacarme un poco en un tema que tengo algo oxidado: la imagen, la escena, la tengo en mi cabeza pero cuando me pongo con ella me cuesta horrores organizarla y escribirla.
domingo, 8 de septiembre de 2013
La Tinta, el Tintero y... La Pausa
Sí, estoy vivo (aunque no lo parezca). Ha pasado más de un mes desde que me pasé por aquí. El verano ha sido largo para según que cosas y extremadamente corto para otras. Hemos vuelto de vacaciones y como de costumbre hacemos una lista con los buenos propósitos para el Otoño que entra.
Dejar de fumar, bla, bla, bla, ponerme en forma, bla, bla, bla, bla, escribir más, bla, bla, bla, tomarme la vida con más filosofía y tratar de tener menos mala leche, bla, bla, bla, bla. Y así podría estar horas y horas contando todo lo bueno que quiero hacer.
Pero como he leído por ahí, las mejores metas son aquellas que podemos alcanzar. Nada de dejarse llevar por ideas absurdas o imposibles. Cada cosa a su tiempo y sobre todo con calma y mucha dedicación. Por lo tanto, lo primero que tengo en mente es retomar mis proyectos, los dejé de lado por las vacaciones y porque necesitaba desconectar. Ahora que la rutina se ha instalado de nuevo en mi vida no tengo excusa para no volver a trabajar sobre ellos. Incluso puede que me anime y vaya escribiendo mis avances aquí (quién sabe) pero lo primero es lo primero.
Por lo demás, bueno, habrá que centrarse en quitarme todas estas telarañas de la cabeza e intentar ser un poco más sociable (pero poco más ¿eh?) y a lo mejor, con un poco de suerte, me lo paso bien de casualidad.
Dejar de fumar, bla, bla, bla, ponerme en forma, bla, bla, bla, bla, escribir más, bla, bla, bla, tomarme la vida con más filosofía y tratar de tener menos mala leche, bla, bla, bla, bla. Y así podría estar horas y horas contando todo lo bueno que quiero hacer.
Pero como he leído por ahí, las mejores metas son aquellas que podemos alcanzar. Nada de dejarse llevar por ideas absurdas o imposibles. Cada cosa a su tiempo y sobre todo con calma y mucha dedicación. Por lo tanto, lo primero que tengo en mente es retomar mis proyectos, los dejé de lado por las vacaciones y porque necesitaba desconectar. Ahora que la rutina se ha instalado de nuevo en mi vida no tengo excusa para no volver a trabajar sobre ellos. Incluso puede que me anime y vaya escribiendo mis avances aquí (quién sabe) pero lo primero es lo primero.
Por lo demás, bueno, habrá que centrarse en quitarme todas estas telarañas de la cabeza e intentar ser un poco más sociable (pero poco más ¿eh?) y a lo mejor, con un poco de suerte, me lo paso bien de casualidad.
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