Sobre mesas de madera corroída, putrefacta, descansan coagulados los restos de atrocidades a las que nunca dieron un nombre. Instrumentos de tortura oxidados olvidaron con recelo el propósito para el cual fueron creados. Telas de araña amortajan cada uno de los rincones, en un vano intento de ocultar las brutalidades cometidas sobre la carne y la mente de sueños cuya agonía prolongaron más allá de lo que la Muerte pudo haber soportado.
Sombras afligidas , antiguos inquilinos de noches de terror y espanto pugnan por no caer en el olvido. Almas vengativas, sedientas de nuevas formas amargura, insisten en provocar daño con sus recuerdos moldeados a base de gritos, llantos y alaridos.
Con un temor que agarrota mis sentidos, abro la primera de las puertas que me conducirá a los pasillos que desembocan en el mismo centro de mis peores pesadillas. Iluminadas por antiguas antorchas, guardianes temblorosos, portadores de una luz que a nadie le importa. Pasadizos construidos en piedra, de cuyas paredes rezuma odio y bilis de heridas abiertas con mentiras hervidas en calderos donde se mezclan recelos e infidelidades. Adquieren un color maliciento, negro ulcerado, anacarado al posarse la luz de soslayo. El eco de mis pasos me devuelve voces, miradas que se esconden y el roce de tus labios.
Mi mente lucha por no crear más fantasmas de los necesarios. Demasiados me rondan ya en el momento que las bisagras cedieron ante mi necesidad de poner fin a tanto miedo infundado. Siniestras manos acarician mi espalda, susurran que ya está bien de tanta farsa, que deshaga el camino andado. Cuanto más me adentro, ni el eco de mis recuerdos se atreve a continuar por los laberínticos pasadizos plagados de nichos, en cuyo interior descansan los restos impíos de horrores que aguardan el preciso instante para desgarrar mi carne y beber mi propia sangre. El aire se enrarece con frases pronunciadas en un tiempo donde el hombre era esclavo de placeres que le eran completamente ajenos.
La luz retira su último apoyo, me obliga a caminar entre la más espesa oscuridad. Murmullos congelados petrifican mis manos y atenazan cualquier esperanza de saborear una vida a tu lado. El suelo se torna un poco más blando, no quiero ni pensar qué es lo que estoy pisando. Dos docenas de pasos más tarde, me encuentro con la La Puerta, de roble macizo, cuyos grabados no fueron tallados por mano viva conocida. Cientos de malos momentos, en forma de antenas y patas de insecto, se cierran sobre mis dedos mientras empujo el último de mis deseos. Una risa estalla, una que jamás fue emitida por voz que transmitiese el calor de la vida. Mezcla del asco que le produce una presencia viva y la saña con la que disfrutaría si no encontrara el camino de vuelta a casa.
Mi corazón hace tiempo que duda entre bombear más adrenalina o permanecer en silencio, no vaya a despertar a los Horrores de Ojos Blancos como el mármol, agazapadas entre las gotas de humedad acumuladas en las telas de araña, haciendo las veces de noche estrellada. No pasa ni un segundo cuando la maldita risa se convierte en eterno llanto de un niño desconsolado.
La puerta se cierra a mis espaldas, sellando un destino al que muy pocos se han enfrentado... aquí me encuentro, en mitad de la Cámara de los Horrores que tantas noches ha dirigido mis sueños. El tiempo ya ni siquiera está de mi lado... ni tan siquiera La Muerte vendrá a cobrarse mi alma, dejándome abandonado a mi propia suerte...
Hasta dónde serías capaz de caminar, preguntan mis pies cansados de esperar un lugar donde no soy capaz de descansar. Qué precio estarías dispuesto a pagar, murmuran mis hombros cargados del lento despertar de una mañana invernal. ¿Amigos? ¿Familia? ¿Amores que nunca prestan sus corazones al azar?
Medidas desproporcionadas, ángulos imposibles de una vida circular que no acaba del todo de cuadrar en mi planes sin hogar. Mi alma se queda entre las sábanas, ignorando al despertador, lánguido gemido, avisando que ya es hora de zarpar. El barco suelta amarras, lejos, hacia ningún lugar. Otro más que añadir a mi lista de situaciones para olvidar. Sin embargo, me mantengo firme en este muelle rebosante de vida y caricias con las que fuiste incapaz de negociar. De cuando en cuando, atraca un navío de velas negras como las noches que soporté contigo. Trae noticias y especias de regiones sombrías, cuentos de hadas que perdieron sus alas durante una terrible noche de otoñal. Me intriga, me apasiona, podría incluso formar parte de su tripulación maldita. En un intento por olvidar todo aquello por lo que una vez estuve luchando, jugándome el cuello con cada latido de mi corazón que llevaba tu nombre.
Con el primer paso que doy en cubierta, almas en pena me dan la bienvenida como capitán. Decenas de ojos muertos que olvidaron hace tiempo el significado de la palabra soñar. Cruje la madera bajo mis pies, lamentando no luchar contra el viento y la tormenta de noches en vela junto a una mujer. Las especias se convierten en humo y lágrimas. Las historias, en mentiras de días sin principio ni final, como lo fueron tus mechones de pelo, los cuales me encargaba de encrespar. Los mapas son inexistentes, este barco maldecido por la mar nunca ha zozobrado, como tampoco ha atracado en otro puerto que no sea el de tu mirar.
Lamento el momento en el que se aleja por última vez, capitaneado por mi alma herida. Mientras que yo, tras una última despedida, vuelvo mis pasos hacia el puerto, callejones oscuros y desiertos me ofrecen retorcidos deseos, empañados carmines enfundados en ropas tejidas con el hilo de Tramontana. El Sol se oculta, la silueta del navío se confunde con la noche mientras la mar, fiel como una amante a media noche, oculta sus deseos y designios entre olas y espuma incapaz de llenar una simple caracola con los 'Te quiero' que nunca me supiste dar.
Fatigado se torna mi caminar entre bares, prosa desgastada que ya ni tu nombre se atreve a dibujar. Me desplomo, acurrucado por la tibia caricia que me ofrece la ropa interior de una mujer, cuyas mentiras se tornaran verdades con las que apuñalar mi ojos al amanecer. La singular resistencia que opongo, lágrimas formando laberínticos susurros donde ni yo mismo soy capaz de averiguar el motivo por el cual grabaste sobre mi piel heladas pesadillas. Ahora ya me da lo mismo, mi alma se encargará de liderar a otras en pena, cual Holandés Errante, hacia tierras que nadie se atreve a nombrar. Cuando den alcancen a mi traicionero destino, en una noche sin Luna como testigo, pisará el puerto de nuevo.
Y justo en ese momento, inmortal como el mismísimo viento, me devolverá mis estilográficas, mis cuadernos repletos de historias que soñé cuando desnuda te dejabas querer.
Los que una vez arrojé a la mar de mis deseos, anclados a mi corazón, aguardando el momento en el que de tus labios brotase un sincero 'Te amo' que nunca apareció.
¿Dónde me he encontrado hasta ahora? Me parece haber regresado del mismísimo infierno. Erial de recuerdos marchitos, cánticos desgarrados de besos nunca dados, de historias congeladas, recuerdos de una noche en la que jamás dormiste a mi lado. Cuentos para niños sin el final que desdibuja sonrisas perladas de terciopelo. Hundido entre la ceniza de mil ceniceros, he caminado buscando el sentido de todos mis sueños. Quemados por las caricias que evocan cada mechón de tu cabello.
Ahogado entre sábanas frías y lágrimas cristalinas de todas las veces que te he amado, indicándome sendas y veredas rodeadas por las zarzas de miradas vacías y malas lenguas que escupen el veneno de mil noches que pasé contigo. Demasiadas veces me he asomado al acantilado donde se suicidaron todas mis ilusiones. Una tras otra fueron lanzándose al vacío con la esperanza de una resurrección que nunca llegaba, pues al tercer día eran devoradas por los cuervos cuyas plumas negras son el reflejo de madrugadas heladas en las que no era ni capaz de susurrar tu nombre.
Sediento, en mis cantimploras únicamente hallaba el vapor de tus besos y tus caricias con forma de arrecife para que se oculten cada una de las mentiras que hábilmente bordaste con el paso de los días. Al final, me pensé que me encontraba bajo la sombra del árbol cuyas ramas las hacía crecer la lluvia de la envidia, abonado por tantísimos recuerdos mezclados con la melancolía.
Olvidadas barras de bar junto a copas que jamás seré capaz de vaciar, te busqué sin la esperanza de querer empezar, bufones con trajes fabricados con el resto de mis deseos, de cambios y reflejos producidos por un espejo que ya se ha cansado de evocar momentos desteñidos, mal dibujados, con el punzón con el que intento una y otra vez abrir brecha en mi corazón.
Regresé del Infierno... y al final, aunque te parezca mentira, me estaba esperando su cálida sonrisa.
Historias que no cejan en su empeño de tropezar con mis deseos, señalando en mil direcciones, mil caminos cuyo único destino es acabar plantadas en los maceteros que nunca riego, aquellos que un día me regalaste con la intención de que mis sueños echaran raíces en tierras donde tú eras la única dueña.
Ahora vuelan libres, ríen y juegan, de vez en cuando alguno se posa en el alfeizar y rebusca entre los párrafos y las letras de fábulas razones para no olvidar tu nombre ni las caricias heladas que me dispensaste las noches sin luna, sin testigos, sin ningún lazo que nos atase. Si tan siquiera fuera capaz de establecer una conexión entre mis heridas y tus sonrisas, la batalla no estaría del todo perdida. Pero no lo consigo, el único eslabón perdido resulta ser un plato de sopa fría en donde nadan a placer mentiras y verdades siempre escritas a medias tintas.
Un día, tal vez no muy tarde, dejaré de hilar las cuentas de estas lágrimas mías, que nunca fui de rosarios, ni de la aurora ni de ninguna otra recadera de malos presagios. Lo que más lamento, son las desbandadas de manos y miradas. De hijos e hijas de tocayos que nos encontramos en mirando el fondo de todos los vasos. Usando como moneda de cambio las pocas ilusiones que no hemos perdido en juegos de azar que no poseen nombre. Maldigo la espiral de sentimientos que provocaste con sólo pronunciar mi nombre, maldigo los momentos que saltan e incordian sin sentido, por simple gusto de hacerme callar.
Pero esta vez, ni mi boca, ni mis pies los van a detener cuatro sentimientos de usar y tirar. Dedicaré mis esfuerzos a comprobar todos los espacios donde anidó la memoria de ciudades y portales visibles a la luz de farolas mortecinas donde acechan labios sedientos de pecados.
Esta noche me arroparé con sábanas limpias, perfumadas con todas las sonrisas torcidas, de todas aquellos días que repartí la suerte con la primera que se atrevía a barajar las cartas de mi destino. Siendo habitual la jugada en la que ganaba la banca y me quedaba sin blanca, ni en los bolsillos ni en las páginas de libros todavía no escritos.
Y al cerrar los ojos, cuando la luna me susurre que ya te has ido, que todo está tranquilo... me dejaré llevar pues antes de quedarme dormido, he de confesar que todos mis sueños se esconden entre las curvas de un cuerpo femenino.
Algunas noches, cuando el cielo le da la espalda a las estrellas y la Luna prefiere irse de bares, no puedo evitar que todo a mi alrededor estalle, sin motivo aparente. Me pierdo por callejones por los que ningún ser con dos dedos de frente se atrevería a poner un pie cuando el Sol se esconde. De los desconchones de siniestras paredes fluyen sentimientos ajenos a cualquier recuerdo, alimentándose de fracasos eternos y de sueños que jamás se cumplieron.
Con el corazón en ristre y mis labios sellados sigo el rastro que una vez me dejaste, por si llegaba el momento en el que me olvidaba de regar las semillas de los días en los que yo te amaba. Pero los miedos de varias vidas no saboreadas se aferran a mis rodillas, cadenas malditas evitan que levante el vuelo por encima de este pantano de asfalto y almas retorcidas, ahorcadas con sus propias risas niqueladas por tantas y tantas mentiras.
Confieso que, tras varias copas y algún que otro labio con sabor a futuro cuadriculado, me encuentro delante de tu puerta. Aguardando el momento, mientras la Luna desista en señalarme con el dedo, como un ladrón de terciopelo, oculto tras el velo de oscuras palabras de deseo. Incontrolables los latigazos del verdugo que abren surcos en mi piel, y el único que llora por no quererte ni ver es mi ciego corazón, que ya no entiende de versos ni de prosas escritas por manos temblorosas a la sombra de una sombra de tu querer.
De sobra conocías mis intenciones, y sin decir más palabra que mi nombre, te encuentro otra vez llorando por todas aquellas noches, en las que te bebiste el corazón pensando que podrías encontrar a tu príncipe azul entre los lobos de las discotecas y las caperucitas de medias de seda y lenguas rebosantes de ponzoña. Aunque no lo notes, mi piel arde con cada gota que resbala, desde tus ojos hasta mi alma. Con el tiempo aprendí a no desear nada de lo que me ofrecieran envuelto en caricias y promesas rápidamente olvidadas. Tanto si lo reconoces como si no, tú fuiste mi maestra en esto de blindar mi corazón.
El Sol se abre paso de nuevo, la Luna desiste de tanto juego y huye despavorida al darse cuenta de lo que estamos haciendo. Y es que al final, es un quiero y no puedo. Me muero con tu cuerpo desnudo durmiendo mientras abrazas mis sueños. Me rindo ante tu sonrisa que desprende ese olor a tierra mojada que tanto me hipnotiza...
Y mientras la luz acaricia las curvas de tu piel, las que hace un momento me atreví a recorrer... abres los ojos, me miras, sonríes y yo... de nuevo, vuelvo a nacer.
¿Realmente piensas que vale la pena? ¿Realmente piensas que vuelas? ¿Que tus jodidas pautas te sacarán de esta? ¿Realmente crees que posees una vida llena de éxitos? Que absolutamente nadie es capaz de mirarte por encima del hombro. Piensa lo que quieras. Eres libre de hacerlo. De vivir eternamente en un sueño.
Cada vez que me señalas con el dedo, en todas tus miradas de desprecio, con todas tus magníficas hazañas, restregándome por la cara que nunca seré nada. Siempre estaré al margen de las ganancias, de las personas que se suponen están humanizadas. Mis ideas, un poquito más en contra, un poquito más ácidas, un poquito más descontroladas.
Y porque estés un peldaño por encima, te crees estar en la cúspide de la pirámide alimenticia. Antes, hace tiempo, hubiera disfrutado viendo como te consumías dentro de tus propias pesadillas. Como al llegar a tu hogar – dulce hogar – tu cerebro y tu personalidad se ahogaban en un mar de mediocridad. Servil lacayo del poder. Ni siquiera sabes exactamente qué significa la palabra Imaginar, no seré cruel y no te preguntaré por aquella otra... Soñar.
No, ahora me he dado cuenta de que tanta lucha no sirve sino para alimentar a tu propia vanidad. Dejaré que te consumas poco a poco, no me voy a preocupar. Mis sueños continuarán conmigo hasta el final, porque no sé si te habrás dado cuenta: no importa si lo único que quieres es ganar, no estaré allí para verte llorar.
Quédate con tus malditos porcentajes, que yo aguardaré paciente al otro lado del cristal. Ni tan siquiera conseguirás hacerme cambiar. Siempre se le puede sacar partido a esta extraña soledad. Ni con todas tus malditas leyes, con tus estúpidos sin sabores, ni con tu idea de una familia ideal me atraparás.
Muy a tu pesar soy libre de actuar, de moverme de aquí para allá. Discursos de triunfalismo que ahogan más que apretar. Todo debe ser contado, almacenado y dispuesto para obtener suculentos beneficios. Tu vida no es vida, es una pesadilla sin igual.
Pienso que si las comparamos, la mía no es mejor que la tuya, pero ¿sabes qué? Al menos en la mía los sueños rotos de noches sin terminar pueblan callejones olvidados en los que tú jamás te atreverías a entrar.
Entre nubes, todo estalla, se resquebraja, desmoronándose esperanza por esperanza. Final ansiado para esta Torre de Babel construida sobre tantos y tantos sueños plasmados en hojas de papel., en párpados que suplicaban la última oportunidad, una y otra vez...
Dejo a un lado los recuerdos malditos que fueron capaces de torturarme con cada palabra que salía de tu boca y acababa escrita sobre mi piel.
El momento ha llegado, me quitaré este regusto a hiel. No se me ocurre una receta mejor: un tarro de helado derramado sobre sus labios, sus pechos, su vientre... y deleitarme tranquilamente mientras saboreo su piel.
El reloj, maldito reloj, con tus imparables designios dictas el destino de todos aquellos que aún creen en la sin razón. Nunca me llegaré a creer todas aquellas palabras que sin motivo el viento nos robó. No me importa poseer un corazón de hielo puro, ya no. De momento prefiero abrasarme con el frío intenso que con el calor que aún pretenden conservar las sábanas y paredes testigos mudos de noches de pasión.
He recapacitado, pensando en todos esos momentos en los que prefería lanzarme al vacío de las copas llenas, noches borrosas que me ofrecían caminos rodeados de telas de araña que se desprendían de cada uno de tus besos... en ningún momento me avergüenzo de ello. Durante fugaces momentos conseguí apartar tu reflejo, tus anhelos y mis miedos.
Ahora, sin embargo, sonrío por cada tontería que me ronda la cabeza, e imagino miles de historias y cuentos. Algunos me los roba el viento y otros brilla como estrellas en el firmamento. Pálidas y al mismo tiempo seguras de si mismas. Persigo el rastro de sus labios, de mis deseos; me acompañan mis sueños, sin que esta vez se aferren como grilletes intentando a cada paso hacerme caer. Ríen, lloran y juegan sin dejar un minuto para respirar. Les admiro, por primera vez le susurro al viento cuanto te amé sin miedo, sin temor a que mi pecho se resquebraje por no obtener tan siquiera una sonrisa al amanecer.
Pues si mis cálculos no están demasiado equivocados, toca adelantar un minuto más mi particular reloj del Día del Juicio Final.
¿Deseas estar ahí cuando llegue el momento?
Acabas de descifrar con morbo y estupor lo que maquinaban mis pensamientos: A partir de ese momento está prohibido llevar ropa interior.
Y si no te gusta mi niña, de sobra conoces donde se encuentra la salida.
El avance no se detiene, por tierras inexploradas, por valles y montañas que no señala ningún mapa. Pensaba que la carrera había terminado, pero la suerte, por primera vez me ha sonreído. Ni siquiera ha comenzado, me susurrado al oído. Podrías suponer que tanto esfuerzo no ha valido la pena. No es cierto, ni mucho menos si no todo lo contrario como dirían los locos que se anudan aún más fuerte el nudo que abraza su cuello.
Ahora mismo, con mi corazón clamando al cielo, reorganizo filas. Cierro viejas heridas. Y cada vez que me miro en un espejo, un silencio sepulcral invade toda mi alma. No más gritos agónicos en mitad de un campo de batalla. No más calles y aceras dispuestas para una emboscada. La ciudad, por el momento, no es más que un puzzle gigantesco de hielo y fuego, donde retumban mis pasos sin generar ningún tipo de sentimiento ajeno. Apagados por los ecos de un mal recuerdo. Miradas lánguidas que atraviesan ventanas, muros, piedras y almas.
A veces y sólo a veces, reconozco que echo de menos esa cadenas que tan cruelmente evitaban que me olvidara de tu presencia. La sensación de no poder despegar. No saber valorar el suelo que pisaba y los rayos de luz, que con una mínima esperanza, acariciaban mi cara.
Pero la melancolía desparece pronto. En el mismo momento en el que me doy cuenta: entre tú y yo querida, eras la única de los dos que no volaba.
Y por esa sencilla razón, no deseo volver la mirada atrás. Pienso que ninguna lágrima mereciose la pena derramar. El encierro entre estas cuatro paredes se torna tranquilidad, una serenidad que jamás nadie tendría el valor de soportar. Ya no más sentimientos que se tornen palabras salpicadas de suspiros por una flor que hace tiempo me negué a regar.
Aceptando el desafío de ser uno mismo, venciendo a todos aquellos que se atrevan a obstaculizar mi camino. Ante la atónita mirada de los que pensaban que ya me había dado por rendido. Guardate tus palabras, teñidas por la compasión. Pienso que eres incapaz de presentarte tal y como eres ante tus propios miedos y vacilaciones.
La duda razonable me la bebí en cada uno de los bares donde soñaba convertirme en una persona que no era; acariciando tus labios o los de cualquiera que estuviera lo suficientemente ebria. Duras han sido las lecciones, aunque más duro fue aprender a levantarse mientras el resto del mundo parecía esperar una respuesta que nunca fue la acordada.
Sin embargo, aquí estoy, con la piel y el corazón a rebosar de magulladuras. Heridas que en su momento pensé: no cicatrizarán en la vida.
Curioso es el destino que aguarda a aquel que no tiene nada que perder.
Y yo, vida mía, malgaste casi todo mi cariño en un amor que jamás fue correspondido.
He regresado, tras varias semanas fugado. Al final se convirtió en una extraña carrera entre mi conciencia y mi corazón. Al menos al volante pude comprobar que realmente era yo, evitando tormentas mentales, descansando en bares olvidados en mitad de ninguna parte.
La primera parada de mi viaje me llevó a conocer lo que antaño llamaban el Cabo del Fin del Mundo, y de manos de un par de soñadores compulsivos, llamados Kinyla y A., recorrí las calles de la ciudad en donde acaban los pasos de tantos y tantos penitentes que aguardan purgar cada uno de sus pecados. De Santiago estoy hablando, por supuesto, de sus magníficas gentes y mejores platos. Incluso el Sol se permitió el lujo de acompañarnos, sin más remordimientos, sin más nubes que oculten tenebrosos pasados.
Al encuentro del miedo recorrí la distancia que separa mi hogar de la otra punta del mar. Una semana entera, para mi, sin ningún temor a compartir, nada que esperar y un mar en calma donde poder disfrutar. Poco he de añadir aquí, salvo la extraña persecución que tuve con un Pequeño Gran Templario. Como el perro y el gato, aunque esta vez no pudo ser. Mi gran despiste jugó una mano que jamás hubiera deseado.
Un final adecuado para tanto viaje, tanta carrera. No sé quien de los dos ha ganado, lo poco que he llegado a saber es que por fin, por fin he cambiado. Más tranquilo, incluso con la bienvenida en forma de lluvia, frío y miradas de soslayo de esta maldita ciudad, en donde una vez perdí cualquier tipo de ilusión. Donde hubiera sido mejor entregar mi corazón al primer repartidor por si, gracias a la buena suerte, acaba en un buzón y en manos de unos labios que no deseen triturarme sin compasión.
Me acerco a la ventana y observo como el cielo llora... tapo el cristal con las cortinas, giro, sonrío y me preparo para un nuevo día.
– Jódete. – pienso – Porque esta vez lloras por una historia que no es la mía. -
Que esta pasión mía sea testigo y carcelero de estos brazos que nunca te han poseído a cielo abierto.
Que esta pasión mía se convierta en mi mayor don y mi peor castigo.
Que esta pasión mía sea el principio y el fin de todos los sueños que siempre he tenido.
Que esta pasión mía se transforme en mi única guía y en mi peor pesadilla.
Que esta pasión mía ilumine mis pasos por esta tierra baldía.
Que esta pasión mía sea capaz de llevarme a casa cuando pierda toda esperanza de poner tu vida junto a la mía.
Pues en esta, mi última hoja confieso todos mis defectos: siempre viviré una vida repleta de ilusión. Solo o en compañía.
Por lo tanto lo único que me llevará a la tumba será un sentimiento traicionero. Uno de esos que tanto deseo, casi tanto como uno de tus besos.
N. del A: En breve comienzan mis esperadas vacaciones, las cuales me llevarán literalmente de una punta a otra de la Península.
Renovaré energías todo lo que pueda, aún me queda muchísimo camino que recorrer, en el que espero recomponer mi maltrecho corazón. Quedan muchas más historias que contar y muchas calles de Madrid y otras ciudades que saborear y compartir...
Por supuesto, mis estilográficas y mis cuadernos no me abandonarán durante el viaje, pues creo que ni quiero ni puedo desengancharme...
Hasta dentro de dos semanas – como mínimo –, mis fieles soñadores y... soñadoras.
Ojos que observan, temblorosos. Devoran la niebla, la renuevan con lágrimas que caen sobre las llamas de vanas esperanzas. Se enredan en telarañas, tejidas por tantas y tantas noches mal dormidas y peor sudadas. De lunas cascabeleras que se burlan de las vidas que buscan refugio en camas ajenas. Con los días que pasan, noto que ya no estas tan cerca. Aunque no eres tú quien esta vez se aleja; soy yo el que se marcha en busca de nuevas puertas donde me permitan desembarcar mi pena.
Intentando olvidar las veces que lo aposté todo a la única carta que llevaba tu nombre. Aguardando con hambre las resacas de ropa mezclada entre la puerta y tu cama. Oí comentar que te has vuelto más dura, más insensible. Yo, en cambio, he conseguido ahogarme en un mar de dudas. De esos que caben en el dedal que usaba para remendar las herida causadas por caricias bajo los hielos de cualquier cristal.
Escuché que te olvidaste de mi nombre. Aunque me sorprende de verdad que todavía no te hayas dado cuenta que no me importa lo mucho que intentes ignorarme, borrarme o aniquilarme. Siempre que te veo cruzar por delante de aquel escaparate sueltas una lágrima que riega la flor, única testigo, del único beso que conseguí robarte.
Que extraños días, caminando entre nubes de tabaco y bostezos por un final mal acabado. Puede que sea por el calor, por estas ganas de romper con todo aquello que una vez nos ató. Comenzando por esta siniestra sombra que, en cualquier lugar y sin razón, me clava tus recuerdos como un puñal. A menos de un metro de mi conciencia distingo las calles, los bares, los parques y las tiendas donde alguna vez mis manos se perdieron entre tus piernas. Soldados cansados de aguardar ese último asalto que nunca llega. Hastiados de mirar al cielo con el miedo al olvido eterno desdibujado en cada beso y en cada segundo que el reloj lo recordó, siempre con el barro del amor hasta el cuello.
El cansancio me pesa, muy a mi pesar. Cansado de jugar con reglas que nadie se ha molestado en explicar, casando de que cada vez que suena el despertador, me dé la vuelta y no encuentre más que páramos de tela, que se olvidaron a qué sabe tu piel recubierta por el sudor de una noche de puro placer.
Cansado de seguir adelante, obligado por sueños que lo único que quieren es verme caer sin remedio a tus pies.
Cansado de recordar tus besos cuando nadie me ve...