martes, 30 de diciembre de 2008

La Tinta, el Tintero y... las Campanadas.

Recuera que son doce uvas, doce campanadas, doce historias, doce besos y doce lágrimas.

Yo me atragantaré con cada una de ellas. No son las mías, nunca lo han sido.

Por eso sigo escribiendo, soñando despierto.

lunes, 29 de diciembre de 2008

La Tinta, el Tintero y... la Luz

Por primera vez, me he quedado en blanco. No he sabido que hacer o que decir. Como un pasmarote me quedado a tu lado, observándote. El primero que dio cuenta, ha sido el frío ayudado por su amigo el viento. Una sonora bofetada ha conseguido que me despierte, que cambie por fin esa cara de bobalicón. Cuatro calles y tres bares más tarde caigo en la cuenta de que este año no he sido tan bueno como pensaba. Para celebrarlo voy a invitarme a otro trago con los amigos, por si decides aparecer únicamente has de seguir el rastro de copas vacías y ceniceros llenos de historias que jamás se cumplieron.

Como todo son buenas intenciones, no voy a esperar ni un solo segundo en meter mis manos entre las costuras de tu corazón. Pero basta, el siseo de esta cerveza me susurra que esta vez debo perder los papeles. Ser otra persona y dejar que todos mis instintos griten con todas sus fuerzas, verlo todo como si mi vida se representase en tres minutos, flashes de un video clip extraño. Donde todos los sentimientos aparecen y desaparecen a ritmo de batería. Es una buena idea, puede que me divierta, puede que te diga todo que he llegado a sentir, todo lo que me han dejado recordar. Como toda buena borrachera acabará en pelea. En un bar de mala muerte, por unas palabras que no dije, por unas manos que no rocé.

Los ojos si se me fueron, lo reconozco. Soñando mil historias de alcoba, donde tú eras la protagonista. Con otra piel, con otra risa, puede que con otras ganas de vivir. Quemé mis últimas esperanzas, al sonar el despertador. No existen razones en los libros, ni en los discursos programados de gente que no ha conocido ese sabor que tanto conocemos. En busca de tantas risas que no nos pertenecen, negadas hasta la saciedad por los mismos de siempre.

Salto en los charcos, recordando. Vuelvo a casa con tierra hasta las cejas, negándome a comer ese plato de verduras. Si quieres vienes, tú la llevas. Estoy bien, no te preocupes. No es más que una riña entre niños pequeños. Ir sin paraguas, con los calcetines chapoteando dentro de los zapatos. Exigiendo mis regalos de cumpleaños una semana antes. Riéndome de mí, de ese reflejo extraño en aquel espejo deformado. Perdiéndome el final de la película por buscar las últimas palomitas. Fumándome la vida con un cubata en la mano. Hurgándome la nariz mientras el sacerdote oficia mi primera comunión.

Por eso estoy bien, da igual lo que pase a mi alrededor. Lanzaré patadas a la espinilla al primero que me diga lo que esta bien o lo que esta mal. Prefiero asomarme yo mismo al borde del precipicio, sentir ese miedo en la boca del estómago. No te enfades por mis contestaciones. No van con ninguna mala intención, quiero ver el fuego en tus ojos. Escuchar el portazo y que el eco llene noches enteras mientras la escoba me sirve de guitarra eléctrica.

Ahora voy a apagar la luz para ver cuánto tardarán tus sueños en irse de mi habitación...

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La Tinta, el Tintero y... el Viento

Sentado, tranquilo y acorralado. De este modo me encuentro en el centro del maldito huracán. De cuando en cuando intento traspasar el muro de cotidiano del que todo el mundo habla. De caminar de puntillas sin demasiado alboroto que los vecinos pueden oírme y lanzarme a las bocas de los perros de presa de turno. Varios intentos más tarde, me armo de nuevo de valor y lanzándome contra aquel muro de miradas, de acciones repetidas hasta la saciedad, me paro en seco en el último segundo. Ahora no me apetece, tal vez luego. Me siento de nuevo y cuento los pasos indiferentes de la gente, las sonrisas frías y ensayadas hasta la obsesión. No es un mal ejercicio mientras no caigas en él. Pienso mientras empaqueto como puedo mis libros y mis sueños para la siguiente carga de material que ni tan siquiera soy capaz de mover.

La mirada indiferente y el cuerpo magullado de tanta lucha inútil. Mareante, el muro de viento y codicia gira sin parar, sin dar un segundo de tregua. Con las mismas, me incorporo de nuevo ante una nueva señal. Una sonrisa dulce de mirada cálida y lágrima fácil. Acerco mis pasos curiosos, siempre me gustó indagar sobre esa clase de personas a las que aún les gusta jugar con las nubes, perdiendo la vista entre las miles de figuras que forman. Un segundo paso más cerca y cientos de manos me arrastran por delante de caras acorbatadas, de sonrisa de partido de fútbol de los domingos. 'Aquí vamos otra vez...', da comienzo un baile extraño, que incluye desprecios a quemarropa e insultos en corto. Con la imaginación. Una salva impacta contra el muro cercano, las frías manos se alejan abandonándome a mi suerte. Tampoco me ayudaron mucho antes. Da igual, los sueños han desaparecido bajo mis pies. En estos momentos la confusión sale a escena, con todo lo que eso conlleva. Entre bandazos, empujones y gritos histéricos consigo distinguir de nuevo aquella sonrisa, aquella mirada, pero es demasiado tarde. Mi escepticismo supera todo lo demás. No es el precio convenido, ni mucho menos. Las condiciones, pésimas, sin lugar a dudas.

Corro cuanto puedo, sin respiración consigo alcanzar un lugar seguro, creo. Valoro la situación y me lanzo de nuevo a lidiar con lo que se ponga por delante. No queda otra. El huracán arrecia, los golpes se suceden y termino agarrado a lo primero que pasa por mi lado. Por una vez parece que huele a fresa y a tormenta fresca. Cuando intento acercar mis labios me arrancan de su lado. No siento pena, ni arrepentimiento, no hay tiempo para eso. Prevalece la pelea despiadada, yo contra el viento, yo contra el fuego. Sin dilación preparo el contraataque. Me he cansado de tanta historia mal contada, de esas canciones que no saben a nada, de las normas que jamás se aplican.

De pronto, una salida. Aprovecho un segundo de tregua y escapo como puedo. Atrás dejo aquella sonrisa, ese aroma a fresa y a esos labios que tuve tan cerca. Ya llegará el tiempo de revancha. De nuevo a mi encierro. A mis planes, a todas esas tonterías que te roban una sonrisa, a esas noches en vela pensando en caricias furtivas que dejan huella. Algún día. - pienso - Algún día, conseguiré escapar. Aunque hasta ahora me ha resultado imposible. Caigo una y otra vez en el mismo anzuelo. No estoy seguro. De vez en cuando, por probar no pasa nada. Tentando a la suerte o a quien primero se cruce.

Papel mojado, hasta que lo tenga claro. No hay más remedio... hasta que llegue ese momento permaneceré aquí sentado, tranquilo y acorralado.

lunes, 8 de diciembre de 2008

La Tinta, el Tintero y... la Cortina

Atención: Relato Corto.
Un ligero perfume a hierbabuena lo impregnaba todo. Siempre le había gustado a su esposa. Desde que se conocieron usaba esa fragancia cada vez que tenía la oportunidad. Simplemente se fue acostumbrando a él, y terminó por formar parte de su vida. Por esa razón cada quince días un ramillete fresco aparecía en el jarrón de su mesilla. La puerta se abrió suavemente mientras él contemplaba la ciudad desde la ventana. No se molestó en darse la vuelta. Sabía perfectamente quien era y qué había venido a hacer.

- Buenos días, Señor Romero. Es la hora de la pastilla. - Comentó suavemente la enfermera al tiempo que empujaba suavemente una mesilla.
- Hola, Ana. - respondió él.

La enfermera paró en seco. No era posible. Aquel anciano jamás se acordaba de nada. Era imposible que supiera como se llamaba. Por lo poco que sabía se encontraba solo. Como casi todos los ancianos de la residencia. Nadie le visitaba, sus hijos lo dejaron por imposible hace mucho tiempo. Les resultaba demasiado doloroso ver como su propio padre no se acordaba de nada. Al principio se lo tomaban con resignación pero al final... Eran ellos los que cambiaban la hierbabuena de la habitación. Hasta que un día lo dejaron de hacer. No hubo palabras de despedida. Dejaron de visitarle. El primer día que entro a trabajar le vio llorar porque ya no olía ha hierbabuena. Era ella quien la cambiaba cada semana, cuando dormía. La sensación era extraña, muy extraña. Cada vez que realizaba la ronda y entraba en cada una de las habitaciones hablaba con una persona distinta cada vez. Para algunos era su nieta, su hija, su esposa, su amiga del instituto... e incluso fantasmas del pasado que llegaban para atormentarles.

Hoy no habrá más pastillas, Ana. Hoy no. No quiero volver al olvido. - hablo el anciano, fijándose en las arrugas que recorrían su rostro reflejadas en el cristal. - ¿Sabes? No tengo ni idea de porque me he vuelto a acordar. Cuando me he dado cuenta estaba mirando la calle y he recordado todo. Lo bueno y lo malo. El porque estoy aquí. De toda mi vida, de cómo empecé a ser un estorbo para mis propios hijos. De casa en casa porque ninguno me soportaba. Mis despistes, mis alucinaciones... mis enfados de niño pequeño. Recordé perfectamente el día que me llevaron aquí. Mi hija lloraba mucho, pero yo no le hice caso. Algo no me gustaba de este lugar. Me tuvieron que engañar para que entrase.

El día que murió mi esposa y regrese a mi casa. Lo primero que hice fue llorar. Estuve toda la noche llorando. Todas las lágrimas que no derrame por ella en su funeral las derrame parado en la entrada de mi casa. No sé porque lo hice, supongo que nunca le demostré lo mucho que la amaba. A ella y mis hijos. He cometido muchos fallos en mi vida. Muchas meteduras de pata. Por mi cabezonería algunas salieron bien y otras mal. Ahora hecho mucho de menos la forma que tenía de enfadarse conmigo. No me hablaba durante días hasta que conseguía que se riera. - una sonrisa triste se dibujó en su rostro. - Que curioso, ¿verdad? Hasta que no la hiciera reír... luego hablábamos durante horas hasta que se salía con la suya. Era única para eso... cuando murió... no sabía hacer las cosas sin ella. Era incapaz. Me fui abandonando...

Intenté ser una buena persona, dentro de las posibilidades que te da la vida. Algunas veces me deje llevar, porque la vida por mucho que digan no sabe a nada. Que no te engañen, la vida en sí misma es gris. Sólo unos cuantos momentos la salvan y poco más. Con mis hijos intenté que esa llama, esa esperanza jamás se apagara. Pero fracasé, como tantos otros. No puedes luchar contra eso. La vida siempre se lleva el bocado más grande. Y al crecer dejan de soñar, incluso con lo más sencillo. Aunque jamás me rendí... hasta que me empezó a suceder esto. Al principio pensé que era por mí. Siempre fui un despistado. Hasta que un buen día me encontraron de madrugada paseando solo. No reconocí sus rostros. Mi hijo lloró. Creo que fue la primera vez que le vi llorar.

Por eso no quiero volver al olvido. No he sido el mejor. Pero la vida que me ha tocado vivir es mía. No quiero que se pierda como si jamás hubiera ocurrido. No quiero más pastillas... no quiero... - cerró los ojos y respiró profundamente. - Por favor, Ana. Prométeme una cosa. No dejes de cambiar la hierbabuena, ¿quieres? Me recuerda tanto a ella... - Se llevó las manos a la cabeza. Algo no iba bien. Le dolía mucho, demasiado...

Se giró muy despacio... - ¿Por qué estas en mi casa? -

- Es... es la hora de las pastillas, Señor Romero. - respondió la enfermera mientras una lágrima recorría su mejilla. Un ligero olor a hierbabuena impregnaba suavemente la habitación. Un ligero olor que le recordaba tanto ella...

lunes, 1 de diciembre de 2008

La Tinta, el Tintero y... el Zoológico

Cuántas veces has llorado en una esquina de tu habitación, cuantas veces has visto como simplemente se escapaba entre los dedos. Todo aquello que creías justo, que necesitabas a tu lado. Demasiadas veces has usado tu propio corazón de escudo. Tus propios sentimientos no han valido para nada, eres un perro de presa a la espera de la siguiente victima. Una paranoia tan inútil y obsesiva mina lo poco que ha quedado de la persona que algún día fuiste. Aprendiste muy bien la lección. Cambias de bando para obtener el máximo beneficio. Es un sabor agradable ¿cierto? Cuando vuelves a casa y sientes que has desperdiciado de nuevo 24 horas de tu existencia. Esa pequeña bolita en el estomago, esa sensación de vacío ha crecido incontrolable. Piensas que de algún modo lo que haces esta bien, sin importar en absoluto el precio que has de pagar. Es lo que te piden, es tu deber.

Me pregunto hasta cuando soportaras esa carga. Cuantas miradas asesinas has lanzado porque la gente que tienes por debajo no ha hecho ni puto caso. Lanzándote a la carga para mantener una posición, un estatus, un modo de vida, contra unos enemigos invisibles. Las ojeras que cargas son más que evidentes y esa sonrisa falsa que tan fácilmente ofreces. Resultas tan patético que me figuro que te darás pena a ti mismo cada vez que te miras al espejo. Lo he notado, por eso razón me odias, porque aun conservo esa vitalidad con la que me puedo reír de todo y de todos. Porque soy uno de los pocos que todavía te cuestionan. Que frustrante debe de ser. Reflejado en una persona todo aquello que te pone enfermo. Ver que da lo mismo que gane o que pierda, que me eches a los lobos o que tus palabras biensonantes no surten efecto sobre mí. Te revuelve las entrañas cada vez que ves que como me salto tus jodidas reglas a la torera. No se si lo sabrás pero me encanta. Hace tiempo que asumí lo que fui, lo que soy y lo que iba a ser y como buen amante del Arte de la Guerra no tengo porque luchar contra ti para derrotarte, no. Por esa razón, cada día pones más barreras, más trampas con la ilusión de ver si caigo directamente sobre ellas. Una pena que no lo haga, que no me deje guiar como el resto de los corderos.

Con absoluta sinceridad, ¿cómo eres capaz de aguantarte todas las noches? Me gustaría hacerle esa pregunta a tu familia. Bueno, mas concretamente a tu mujer, puesto que a tus hijos ya los has aleccionado bastante. ¿Es esto lo que esperabas de la vida? Yo no, esta claro. Pero eso ya lo sabes muy bien, me gusta perderme entre la gente, me gusta probar nuevos labios y esperar sentado mientras veo al Destino llega tarde a todas partes. No es que me tenga intrigado pero no es aplicable eso de que la curiosidad mato al gato. Quiero conocer todos los sin sabores de una vida que hace tiempo deje de lado. Tú en cambio la has atrapado con los brazos abiertos. ¿Cuánto tiempo hace que no juegas al escondite? Yo lo suelo hacer a menudo, en cualquier rincón donde me dejen un poco de lado. Es fácil, no te confundas que yo también pago mis facturas. Es mas, hace tiempo que me dije que si me quedo despierto hasta tarde seria por una razón que no viene a cuento. De lo poco que me queda sereno, no voy a hablarte porque ni yo mismo me acuerdo. Ahora bien, se que tu también me lees la mirada y como ya habrás supuesto el cargo que ocupes me resbala bastante. Soy yo el que si puede encortar una salida, si no doy con ella da igual. Te aseguro que no me voy a desesperar.

Me juego el cuello a que por el camino soy capaz de perseguir labios, faldas, estrellas... sombras al fin y al cabo, que mas da mientras tu sigues llorando y gritando porque una vez te dijeron como seria la vida y como te engañaron por un pedazo de dignidad.