Todo cambio, cualquier cambio comienza con un deseo. Con el tiempo he aprendido que los deseos cuanto más simples mejor. De nada (o de muy poco) me sirve pensar en grandilocuentes finales, en metas gloriosas, si no estoy dispuesto ni tan si quiera a dar el primer paso.
Por aquí, entre mis muchos cuadernos, tengo un par de agendas. Sí, sí, agendas de anillas, de esas que se ven tan poco en un mundo lleno de tecnología. Las guardo con un propósito que hasta ahora únicamente estaba en mi cabeza. Porque veréis, tengo una pequeña manía, me encanta escribir a mano. Una afición que se remonta tiempo atrás. Digamos que si no lo escribo de mi puño y letra le falta algo, mira que he tratado de usar más el ordenador para plasmar mis ideas, mis proyectos o mis tonterías pero si antes no está en una hoja de papel... Mal empiezo.
De ahí las agendas. Hasta ahora cerradas, con un par de anotaciones aquí y allá, nada serio. Pero como ya he dicho: deseo cambiar. Quiero centrarme (una vez más) y buscar un pequeño sitio donde pueda estar (casi) sin molestar a los demás.
Con este pequeño pasito, este tan insignificante como abrir una agenda pienso dar rienda suelta a una parte de mi demasiado tiempo ocupada en otros asuntos.
Ya veremos hasta dónde me lleva este nuevo, pero al mismo tiempo, viejo sendero.
domingo, 5 de mayo de 2013
domingo, 28 de abril de 2013
La Tinta, el Tintero y... la Pericia
¿Otro mes más? ¿Cuántos van? Buf, tengo la impresión de que se han acumulado más de la cuenta. Sin saber muy bien por qué me retirado de este pequeño mundo. El ritmo de las entradas ha bajado de ritmo y ahora casi ni publico, pero como suele decirse: «Mala hierba nunca muere.»
Durante estos meses me he preguntado la razón de este comportamiento. La respuesta ha sido muy simple: me dejé llevar. Así, tal cual, el tiempo transcurría y yo me veía cada vez más metido en esa monotonía que todo lo arrasa, que todo lo destruye. Del trabajo a casa y de casa al trabajo.
[ Sí, se supone que tengo que dar gracias por conservar mi puesto de trabajo al cielo, a los santos y a la santa madre que parió a todos y cada uno de los desgraciados que han provocado todo esto. Sin olvidarme mentar al resto que se aprovecha de la situación. Sin embargo, me cuesta horrores agradecerles que mi vida sea aún más estresante. No voy a entretenerme mucho en esto, puede que en una de estas me atreva a escribir mi opinión al respecto. ]
El caso, cuando llegaba a casa, la motivación desaparecía. Ni pizca de ganas tenía de sentarme a escribir y mira que tengo la cabeza llena de pájaros. La único que conseguía era quemar mi tiempo y «llorarle a mis pobres diarios» (que ya están más que hartos).
Otra de las razones que me han llevado a este punto es que, aunque parezca mentira, necesito un cambio. Si no me equivoco, he hablado mucho sobre esto. No sé si conmigo mismo, aquí en este mismo blog o donde. Un cambio porque sí, porque odio estar estancado durante mucho tiempo y el blog me olía un poco a moho, a cerrado. He estado repasando entradas. Algunas me gustan más que otras pero me parece que ha llegado el momento de cerrar el ciclo en el que mis ensoñaciones sentimentales me llevaban de la mano. La melancolía por ese beso que nunca me dieron ha dejado paso a unas extrañas ganas de escribir sin más. ¿Madurez? Pse, no lo creo, nunca he sido demasiado maduro para los estándares sociales actuales. Sencillamente es cansancio puro y duro (y también que poco me queda de esas historias en la recámara, para que os voy a mentir).
Como está claro que lamentarse no sirve de absolutamente nada, apretaré el botón de [RESET] sin pensármelo dos veces. Con lo cual, vamos a allá.
En 3... 2... 1...
Durante estos meses me he preguntado la razón de este comportamiento. La respuesta ha sido muy simple: me dejé llevar. Así, tal cual, el tiempo transcurría y yo me veía cada vez más metido en esa monotonía que todo lo arrasa, que todo lo destruye. Del trabajo a casa y de casa al trabajo.
[ Sí, se supone que tengo que dar gracias por conservar mi puesto de trabajo al cielo, a los santos y a la santa madre que parió a todos y cada uno de los desgraciados que han provocado todo esto. Sin olvidarme mentar al resto que se aprovecha de la situación. Sin embargo, me cuesta horrores agradecerles que mi vida sea aún más estresante. No voy a entretenerme mucho en esto, puede que en una de estas me atreva a escribir mi opinión al respecto. ]
El caso, cuando llegaba a casa, la motivación desaparecía. Ni pizca de ganas tenía de sentarme a escribir y mira que tengo la cabeza llena de pájaros. La único que conseguía era quemar mi tiempo y «llorarle a mis pobres diarios» (que ya están más que hartos).
Otra de las razones que me han llevado a este punto es que, aunque parezca mentira, necesito un cambio. Si no me equivoco, he hablado mucho sobre esto. No sé si conmigo mismo, aquí en este mismo blog o donde. Un cambio porque sí, porque odio estar estancado durante mucho tiempo y el blog me olía un poco a moho, a cerrado. He estado repasando entradas. Algunas me gustan más que otras pero me parece que ha llegado el momento de cerrar el ciclo en el que mis ensoñaciones sentimentales me llevaban de la mano. La melancolía por ese beso que nunca me dieron ha dejado paso a unas extrañas ganas de escribir sin más. ¿Madurez? Pse, no lo creo, nunca he sido demasiado maduro para los estándares sociales actuales. Sencillamente es cansancio puro y duro (y también que poco me queda de esas historias en la recámara, para que os voy a mentir).
Como está claro que lamentarse no sirve de absolutamente nada, apretaré el botón de [RESET] sin pensármelo dos veces. Con lo cual, vamos a allá.
En 3... 2... 1...
domingo, 3 de marzo de 2013
La Tinta, el Tintero y... el Sedal
Hace más de un mes que no me paso por aquí. La razón es bien sencilla: he quemado los últimos cartuchos en cuanto a historias jamás vividas se refiere. He paseado durante mucho tiempo por pasillos que no eran míos y tratar de imaginar sentimientos que nunca he vivido cansa (y mucho).
La verdad es que el día a día se acumula. Luchar continuamente contra la estrechez de miras agota mi paciencia. ¿En que momento hemos aprendido a rechazar de plano todo aquello que es diferente? En ropa, en gustos, en pensamientos, en iniciativa. Mi cabeza era un hervidero de excusas y sonrisas mal pintadas siempre dispuestas a seguir la corriente de personas aburguesadas que no tienen otra idea en mente que vivir una existencia miserable. Todo cuadriculado, todo dentro de un orden que roza el fanatismo, hasta sus sentimientos dependen de un balón de fútbol, de una serie de televisión o del libro que todo el mundo lee. Nada fuera de lo común, nada que no sean capaces de controlar.
Por otro lado, esto de abrir mi corazón y ver que es una diana palpitante tampoco ayuda mucho en mi estado de ánimo – pero eso me lo reservo para mi y mis diarios escritos a mano –.
Precisamente, por todo este cúmulo de circunstancias y situaciones he tardado en asomar la cabeza. Primero, buscando una razón para no quedarme en el sofá pasando del mundo y, más tarde, evitando las preguntas que no tienen respuesta o que sí la tienen pero resultan demasiado ridículas como para aceptarlas.
De ningún modo, eso sí, echaré el cierre. Puede que tarde más o menos en escribir alguna entrada, o algún día me anime y le de un lavado de cara. Quien sabe. Incluso, si me veo con fuerzas, rescate todos esos apuntes, esquemas y locas ideas y termine por escribir alguna de esas historias que me ronda la cabeza. Aunque claro, antes de nada tendría que superar mi miedo al “papel en blanco” y luego, no estaría demás comenzar a creer un poco más en mi.
Lo que sí tengo claro es que si tiro la toalla, sólo conseguiré darle la satisfacción a todos los que una vez me dijeron eso de “Tú no valías para esto.”
La verdad es que el día a día se acumula. Luchar continuamente contra la estrechez de miras agota mi paciencia. ¿En que momento hemos aprendido a rechazar de plano todo aquello que es diferente? En ropa, en gustos, en pensamientos, en iniciativa. Mi cabeza era un hervidero de excusas y sonrisas mal pintadas siempre dispuestas a seguir la corriente de personas aburguesadas que no tienen otra idea en mente que vivir una existencia miserable. Todo cuadriculado, todo dentro de un orden que roza el fanatismo, hasta sus sentimientos dependen de un balón de fútbol, de una serie de televisión o del libro que todo el mundo lee. Nada fuera de lo común, nada que no sean capaces de controlar.
Por otro lado, esto de abrir mi corazón y ver que es una diana palpitante tampoco ayuda mucho en mi estado de ánimo – pero eso me lo reservo para mi y mis diarios escritos a mano –.
Precisamente, por todo este cúmulo de circunstancias y situaciones he tardado en asomar la cabeza. Primero, buscando una razón para no quedarme en el sofá pasando del mundo y, más tarde, evitando las preguntas que no tienen respuesta o que sí la tienen pero resultan demasiado ridículas como para aceptarlas.
De ningún modo, eso sí, echaré el cierre. Puede que tarde más o menos en escribir alguna entrada, o algún día me anime y le de un lavado de cara. Quien sabe. Incluso, si me veo con fuerzas, rescate todos esos apuntes, esquemas y locas ideas y termine por escribir alguna de esas historias que me ronda la cabeza. Aunque claro, antes de nada tendría que superar mi miedo al “papel en blanco” y luego, no estaría demás comenzar a creer un poco más en mi.
Lo que sí tengo claro es que si tiro la toalla, sólo conseguiré darle la satisfacción a todos los que una vez me dijeron eso de “Tú no valías para esto.”
lunes, 21 de enero de 2013
La Tinta, El Tintero y... el Interruptor
El año ha comenzado de la mejor forma posible. Supongo.
Tras unas breves vacaciones, he mirado la agenda, ella me ha mirado a mi. Nos hemos perseguido por toda la casa. Ella me lanzaba horarios, esquemas y un sin fin de palabrería barata sobre cómo organizar mi vida y yo respondía arrojándole lo que opinaba de ella. Al final, hemos llegado a un acuerdo, no me atiza en la cabeza cada día con todo lo que tengo y no tengo que hacer y yo, a cambio, establezco un plan más o menos organizado para no perderme ni entre las ramas ni por caminos que no llegan a ninguna parte.
Con esta pequeña premisa, este pacto de no agresión, las lágrimas ya no pesan. Las sombras se difuminan y los lugares más tétricos no dan tanto miedo. Por primera vez alguien ha encendido las luces que indican la salida de emergencia del extraño laberinto en el que me encuentro.
Al menos, las noches en vela tienen otro sabor. Las habitaciones, aún con sus cuatro paredes y unos cuantos cuadros aquí y allá, poseen otro color, las historias se deshielan, dejan de cortar, de herir y muestran una sonrisa más sincera, más amable. El resto, bueno, para que mentir, continúa su camino y yo les dejo pasar sin hacer preguntas, sin tratar de molestar.
Porque al final, tanto si logro salir de este laberinto cogido de tu mano como si lo hago por mi propio pie o, incluso, si decido perderme otra vez, esta vez acabaré el viaje con el suelo bien pegado a mis pies.
Tras unas breves vacaciones, he mirado la agenda, ella me ha mirado a mi. Nos hemos perseguido por toda la casa. Ella me lanzaba horarios, esquemas y un sin fin de palabrería barata sobre cómo organizar mi vida y yo respondía arrojándole lo que opinaba de ella. Al final, hemos llegado a un acuerdo, no me atiza en la cabeza cada día con todo lo que tengo y no tengo que hacer y yo, a cambio, establezco un plan más o menos organizado para no perderme ni entre las ramas ni por caminos que no llegan a ninguna parte.
Con esta pequeña premisa, este pacto de no agresión, las lágrimas ya no pesan. Las sombras se difuminan y los lugares más tétricos no dan tanto miedo. Por primera vez alguien ha encendido las luces que indican la salida de emergencia del extraño laberinto en el que me encuentro.
Al menos, las noches en vela tienen otro sabor. Las habitaciones, aún con sus cuatro paredes y unos cuantos cuadros aquí y allá, poseen otro color, las historias se deshielan, dejan de cortar, de herir y muestran una sonrisa más sincera, más amable. El resto, bueno, para que mentir, continúa su camino y yo les dejo pasar sin hacer preguntas, sin tratar de molestar.
Porque al final, tanto si logro salir de este laberinto cogido de tu mano como si lo hago por mi propio pie o, incluso, si decido perderme otra vez, esta vez acabaré el viaje con el suelo bien pegado a mis pies.
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