miércoles, 12 de octubre de 2011

La Tinta, el Tintero y... la Provocación

Hoy toca una reflexión. Una que me ha rondado la cabeza desde que comencé la mudanza.

En casa de mis padres, a pocos días de la independencia, mi habitación era un constante trasiego de cajas, carpetas, ropa y enseres y recuerdos que se venían conmigo a mi nuevo hogar. Aquí y allá se amontonaban pilas de objetos que se quedarían hasta que terminase de amueblar un mínimo y tuviera un lugar donde colocarlos. Mientras revisaba una vieja carpeta, encontré una docena de cartas recibidas tiempo atrás. Sí, cartas, de esas escritas a mano y depositadas en un buzón de correos amarillo.

Una a una, las abrí. Releyendo lo que me escribieron amigos y conocidos. Algunos han desaparecido por completo de mi vida. Un parpadeo y resulta que han transcurrido casi diez años desde entonces. Otros, con tan sólo girar la vista, ahí están. Como siempre.

La nostalgia entró en mi habitación de puntillas. No por las personas que ya no están, sino por algo muy distinto. Hace tiempo que ni escribo, ni recibo cartas.

En un mundo “globalizado” – esta palabra siempre me ha recordado a los orondos balones de Nivea que se lanzaban desde avionetas en las playas españolas allá por los ochenta. –, donde todo el mundo está conectado, todo el mundo envía correos electrónicos, mensajes multimedia, y realiza video conferencias desde su móvil, resulta que el simple hecho de perder una hora para sentarse y escribirle a una persona es anacrónico. Está pasado de moda.

Ahora se lleva subir fotos de mi perro, mi gato o de como me saco un moco, a un sin fin de redes sociales y páginas web. Todos tus amigos comentan, al instante, cada movimiento, cada palabra, cada pensamiento, cada chiste.

No sé que es peor, que nuestra intimidad se haya esfumado entre tanto “móvil inteligente” y “conexión en tiempo real” o que no tengamos control de nuestro tiempo. Hasta el más pintado usa estas herramientas para hacer oír su voz, y sin embargo nadie parece estar interesado en escribir una sencilla carta.

Recuerdo cuando yo las escribía. Por desgracia, me uno al grupo de los que tampoco escriben una. Sentado delante del escritorio, a un lado media docena de hojas en blanco – por las erratas, que al escribir a mano, unos pocos tachones resultan bonitos, naturales. Con veinte, se parece más al juego del ahorcado o la ruleta de la fortuna –, al otro un bolígrafo

La fecha, el lugar... Y un poco de orden y concentración. ¿Qué contar? ¿Por donde empiezo? Ah sí, por esa anécdota tan graciosa que me sucedió el otro día. O tal vez, por cuanto me cuesta estudiar. O incluso un “Qué tal, cuanto tiempo” puede servir igual de bien.

Sin darte cuenta, llevas escritas un par de hojas. Acabas de contarle todo lo que ha pasado por tu cabeza, sin importar nada. Ahora, le llega el turno al sobre. Confieso que nunca he sabido doblar una hoja para que entre sin que acabe con unas cuantas dobleces de más. El correspondiente sello, el lametón en el borde – aunque con un poco de agua también sirve –, escribir la dirección y un paseo hasta el buzón de correos.

El siguiente paso es esperar. El día menos pensado, al mirar en tu buzón encuentras un sobre que te mira tímidamente a través de la rendija. Abres la portezuela y ahí está. Tu nombre escrito a mano, con tu dirección completa. Por detrás, el remitente. Con un poco de suerte, ya te está esperando en casa. Encima de tu mesa con un “Has recibido una carta.” de tu madre, padre o hermanos/as.

Tu turno. Abres la carta y comienzas a leer. La fecha, de hace una semana. Resulta reconfortante leer una carta escrita a mano. Una en la que te cuenten lo que ha pasado, lo que han soñado, lo que han vivido. Porque eso significa que esa persona ha dedicado un tiempo en sentarse y pensar en ti. En agarrar un bolígrafo y dedicarte unas cuantas palabras.

Pero todo esto está pasado de moda. Ahora con dedicar diez minutos delante de un ordenador puedes escribir todo lo que quieras, a quien quieras, como quieras...

Supongo que por eso continúo escribiendo a mano, aunque sea para mi. En mi pequeña rebeldía contra el mundo. En mi afán, como todos, de encontrar un hueco y comprender qué es lo que sucede a mi alrededor.

2 comentarios:

Estefania Álvarez dijo...

Yo estoy obsesionada con los carteros. En otra vida debí de ser un perro. Me encanta recibir cartas. Me alegra el día.

Es tan bello escribirse con alguien... Casi de otra época. Ya ni siquiera se envían postales.

Pero tranquilo. Yo estoy segura que algún día volverá la moda. Al fin y al cabo un email está bien, pero guardar una carta... Y leerla después de años...

Es el puño que se apoya en el papel, cada letra que ha sido cuidadosamente escrita por aquella persona. Es la misma esencia de la carta. Eso ni los móviles ni los ordenadores pueden recrearlo :(

Juancho dijo...

Eres afortunada por seguir recibiendo cartas :D

Ojalá tengas razón y se vuelva a poner de moda. A mi me gustaría, la verdad. =)

Y tienes razón, ningún aparato electrónico puede recrear el escribir a mano una sencilla carta.