lunes, 12 de diciembre de 2011

La Tinta, el Tintero y... el Robo

De entre las muchas manías que tengo, una de las más peculiares es mi afición por las linternas. En efecto, ese aparato que al pulsar un botón ilumina una pequeña porción de oscuridad. Esta afición, por llamarlo de alguna manera, va de la mano por la terrible atracción que tengo por los lugares tétricos y deshabitados.

Desde un desván, pasando por casas abandonadas, laberínticos trasteros, incluso bosques apartados de la civilización. Todos ejercen una influencia en mi difícil de explicar.

En cuanto tengo la ocasión, mi corazón y mi mente me empujan a explorar dichos parajes. Linterna en mano, si puede ser y si es noche cerrada es la guinda del pastel. En busca de algo que ni yo mismo sé. Tal vez sean las ganas de explorar, de vivir esa pequeña aventura que nadie más conocerá. Tratando de cazar sombras esquivas de seres abominables que sólo mi imaginación es capaz de crear.

Y sin embargo, no es la última excentricidad que guardo bajo la manga. El pasado fin de semana, me perdí un rato por Madrid. Un agradable y frío paseo cruzando mi vista con un sin fin de vidas, de ojos con prisas. De sonrisas forzadas y risas contenidas. De esperas interminables para comprar, descambiar o devolver regalos, deseos y, tal vez, algún beso robado de ese amor olvidado en quien no llegaste nunca a creer. El camino desde Callao hasta Cibeles tiene mucho que ofrecer.

Cumplí, al tiempo, con un deseo que venía rondando desde hace un tiempo. Uno tan extravagante como sencillo en su manejo. Entré en una tienda y compré una Brújula. Tras una pausa observando como la aguja me señalaba el Norte, como un niño que descubre que al mezclar Amarillo y Azul todo se vuelve Verde, me note a mi mismo contento. satisfecho porque a partir de ahora sería incapaz de perderme.

Seguro de que ocurriese lo que ocurriese, podría regresar a mi casa aún cuando esas caricias se desvanezcan como la niebla de aquella fría mañana.

2 comentarios:

Maluz dijo...

Hubo un tiempo en que a mí me encantaba perderme. Otra cosa que no sé bien por qué he dejado de hacer. Eso sí, la Navidad me recuerda demasiado las ganas de perderme y aparecer en otro año, sin más. Pero hasta eso ha cambiado, ahora la enana quiere Navidad. Acostumbrada a contradecirme por el placer de contradecirme, ahora me acostumbro a contradecirme por los demás. Vaya.

;)

Juan Manuel Redondo dijo...

Podría decirse que ahora te pierdes acompañada y no en soledad.

Tampoco es tan malo como parece :)